domingo, 6 de mayo de 2018

Texto de mi exposición en el Congreso sobre Aborto

Señoras y señores Diputados:
Un reconocido filósofo español contemporáneo, Julián Marías, daba a entender que dentro de 500 años, la humanidad, al recordar al siglo XX, más que por los horrores de los campos de exterminio nazis, las bombas atómicas de Nagasaki e Hiroshima y tantas atrocidades cometidas, se escandalizaría mucho más por la legalización y aceptación social del más abominable de los crímenes: el de los niños por nacer.
Porque creo que éste es simplemente el centro de la cuestión, más allá de cómo se impuso rápidamente el tema en el corriente año en la Argentina y de los intereses tremendos que hay detrás, de la presión internacional y mediática para que se apruebe el aborto y de la utilización ideológica o política que algunos hacen de todo esto, más allá también de los absurdos y muchas veces contradictorios argumentos y la manipulación de cifras en tiempos de posverdad.
Sin embargo, frente a esto la ciencia por medio de múltiples evidencias hoy nos grita: hay vida humana. A la luz de sus avances, la filosofía clásica lo expresaría diciendo: «al abortar muere un niño en acto, no en potencia» como ya he escuchado decir. Niño que no es parte del cuerpo de su mamá sino que está alojado en ella. Un ser único e irrepetible que, incluso antes de poder empezar a sentir, ya es un «quién» y no un «qué», como también es un «quién» una persona anestesiada o en coma, independientemente del momento en que sienta o no sienta. Un ser humano con muchas potencialidades, que se irán desplegando poco a poco, tardarán años en hacerlo, no 14 semanas, salvo que optemos por su eliminación.
¿Podemos realmente no escuchar ese grito de la ciencia, que es, en el fondo, el grito de los que no tienen voz? Peor aún, escucharlo pero afirmar por cuestiones ideológicas o un egoísmo atroz que no nos importa? ¿O justificar que se puede llevar a cabo la eufemísticamente llamada «interrupción del embarazo» en el caso de que un niño sufra una discapacidad, discapacidad además que pondrá en riesgo, interpretarán algunos, sino la salud física, la salud psíquica o social de la mujer?
¿Y qué decir de la posibilidad de abortar sin límites de tiempo en caso de malformaciones fetales graves? ¿Es que realmente queremos también en la Argentina acabar, como está cerca de suceder en varios países europeos, con los niños con síndrome de Down por medio de un aborto eugenésico? O en caso de violación, ¿aplicar la pena de muerte, al inocente? Sólo comento parte del artículo 3 de uno de los proyectos.
¿Qué nos está sucediendo? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
La ausencia para muchos de una referencia a un absoluto trascendente, o su relativización, la pérdida de valores universales, muchos de ellos presentes de manera explícita en nuestra Constitución Nacional y la identificación entre libertad y autonomía —«que cada uno haga lo que quiera—» está haciendo perder a nuestras conciencias obnubiladas la capacidad natural, el sentido común, de distinguir lo que está bien de lo que está mal. Aún en un principio tan básico, como lo es el derecho a la vida, raíz de los demás derechos.
Es cierto que, pese a tanta oscuridad y al individualismo masificado que nos rodea, fueron muchas las voces que se levantaron durante la segunda parte del siglo XX y comienzo del siglo XXI a favor de la dignidad del ser humano. Hemos entendido la necesidad de reafirmar una y otra vez la condena a la esclavitud, a la discriminación y la tan necesaria reivindicación de los derechos de la mujer.
¿Cómo entonces no unirnos todos para defender el derecho a la vida de los niños por nacer? Legalizar el aborto implica abjurar de las conquistas obtenidas en la proclamación de los derechos humanos. Si por cualquier razón que fuera aceptamos que se puede asesinarse a un ser completamente inocente, sin posibilidad de defenderse y sentenciado por la propia mamá, abrimos un camino sin retorno que deja en manos de los que detentan el poder la decisión de quien merece o no vivir. Mucho se debe hacer para proteger a las madres, padres y niños por nacer en nuestra patria, pero la muerte no puede ser la solución.
Una ley que despenalice el aborto provocado, el nacimiento de un bebé por nacer, no puede ser el camino para resolver el terrible drama de, por ejemplo, los abortos clandestinos. No es la legalización del crimen la que lo elimina, y el niño por nacer, muere igual.
Ciertamente que los abortos existen, pero su despenalización supone subordinar el derecho a la vida de un ser humano a otros derechos que, aunque importantísimos, no pueden primar frente al derecho del más débil, que en este caso es el niño por nacer.
Sin duda, lo que debemos buscar es salvar las dos vidas, física, psíquica, social y espiritualmente. Hay mucho por hacer a favor de ello y esperemos que este debate sirva para ello.
Señoras y señores Diputados, confiamos. Nuestro pueblo confía en ustedes.
Respecto a los caminos a seguir, claro que se puede y se debe debatir, pero NO SE PUEDE DEBATIR RESPECTO A QUIEN MERECE O NO VIVIR. No tenemos ese derecho ni poder, salvo que por ignorancia, comodidad o afán de autodestrucción decidamos someternos a quienes aprovechan el aborto para controlar la natalidad y sojuzgar pueblos enteros, sacando un impresionante beneficio económico a la vez.
Porque hay voces que se levantan, incluso en esta sala, realmente preocupadas por encontrar una solución para las mamás que sienten que no pueden tener a sus hijos, mamás que son sin duda víctimas también, mamás a las cuales deberíamos garantizar ayuda espiritual, psicológica, económica, mamás a las que deberíamos facilitar de ser este el último camino, el dar a sus niños en adopción.
Pero desgraciadamente, los que están detrás de esta ley son sin dudas grandes grupos de poder internacionales, al decir de Ekeocha, activista nigeriana en favor del derecho a la vida: «El aborto es para África —y yo agrego también para Latinoamérica— otro sinónimo de colonización» y no podemos ser cómplices, como se escuchó decir días atrás.
Más de una vez hemos escuchado hablar en nuestra patria de liberación o dependencia, pero la verdadera liberación de un pueblo se funda, paradójicamente, en una verdadera dependencia a lo propio, a nuestra cultura, a nuestras raíces, tradiciones y creencias, a principios y valores por los cuales nuestros próceres no dudaron entregar su vida. No podemos abandonar el primero de todos ellos: el del derecho a la vida.
Concluyo estas reflexiones, citando palabras de alguien muy querido por nuestro pueblo y conocido por todos los presentes, palabras que dirigió un día al, por aquel entonces, Primer Ministro de la India, y que espero no puedan jamás hacerse extensivas nunca a nuestro señor Presidente, Mauricio Macri, ni a los honorables legisladores, luego de este año de debate. Cito:
«Temo por usted, temo por nuestro pueblo... Al permitir el aborto, ha desencadenado el odio, pues si una madre puede matar a su hijo, nadie podrá impedir que nos matemos mutuamente... No sabe cuanto mal el aborto está haciendo a nuestro pueblo. ¡Cuánta inmoralidad, cuántos hogares rotos, cuántos trastornos mentales por culpa del asesinato de criaturas inocentes!...
Señor Desai, no tardará usted mucho en comparecer en la presencia de Dios, y me preguntó qué responderá usted cuando Dios le pregunte por qué permitió que se privara de la vida a los no nacidos»
Madre Teresa, Carta abierta al Primer Ministro de la India y a los miembros del Parlamento, 25 de marzo de 1979.
Que Argentina se libre de cargar sobre sus espaldas tanto dolor y sangre de inocentes.
Muchísimas gracias por su atención.

Aborto: Plenario de Comisiones 17.04.2018 José María Aguerre

lunes, 17 de abril de 2017

El Mal Juan Pablo Roldan

EL MAL
Preguntas inevitables y reflexiones

El mal nos interpela a todos con su inquietante presencia en nuestras vidas. Sin embargo, en la enseñanza no reviste la importancia que merece ¿Por qué hay mal en el mundo? ¿Por qué lo permite Dios? ¿El mal entra en sus planes? ¿Debemos resignarnos frente al mal? Algunas reflexiones sobre este gran misterio banalizado en nuestra cultura.


Las preguntas y LA pregunta
El psiquiatra Viktor Frankl refiere que, en una oportunidad, luego de explicarle a su hija de 6 años que “el buen Dios” la había curado del sarampión, ésta respondió, para su desconcierto: “Muy bien, papá, pero no te olvides de que primero él me envió el sarampión”. Todos los educadores -padres y docentes- tenemos experiencia de cómo el tema del mal sale a nuestro encuentro una y otra vez, sin aviso previo, en nuestra relación con niños y jóvenes –además de cómo está siempre presente en nuestras propias vidas-.
Sin embargo, esta cuestión casi no aparece en forma explícita en los planes de estudio. Suele ser considerado en la materia Filosofía en algunas ocasiones y en las asignaturas de instrucción religiosa de algunos colegios confesionales. En cualquier caso, se le confiere una relevancia muy inferior a la que el drama del mal tiene en la vida real.
Llama la atención un contraste tan notable entre el lugar que se le asigna a un tema en la teoría y en la planificación y el que realmente tiene en la existencia concreta.
¿Qué respuestas surgen espontáneamente en nosotros cuando un hijo o un alumno, en esos momentos de profundidad existencial que irrumpen a veces en la vida familiar o escolar, realiza un planteo semejante? ¿Y cuando debemos hablar ante una desgracia sucedida en  nuestra u otra familia, situación que nos obliga a apelar a nuestras últimas convicciones, más allá del discurso rutinario?
En un congreso de escritores comunistas celebrado en Moscú, el controvertido filósofo francés André Malraux preguntó de pronto, interrumpiendo el debate: “¿y qué hay de los niños arrollados por los tranvías?”. Todo debate, todo proyecto, toda afirmación, toda actividad -incluidos aquí los propios de la educación formal y familiar- depende en última instancia de que exista una respuesta a esta gran cuestión del mal.
En efecto, ningún tema como el del mal cuestiona todas nuestras certezas e interpretaciones de la vida. Detrás de todas las preguntas, es LA gran pregunta. En el Catecismo de la Iglesia Católica, por ejemplo, se afirma que “no hay rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal” (Nº 309).
Se ha dicho que debemos al filósofo Epicuro, que vivió entre los siglos IV y III a. C., una de las primeras formulaciones precisas de este problema: “O bien Dios no quiere eliminar el mal o no puede; o puede, pero no quiere; o no puede y no quiere; o quiere y puede. Si puede y no quiere es malo, lo cual naturalmente debería ser extraño a Dios. Si no quiere ni puede, es malo y débil y, por tanto, no es ningún Dios. Si puede y quiere, lo cual sólo es aplicable a Dios, ¿de dónde provienen entonces el mal o por qué no lo elimina?”.
En ocasiones, los adultos ensayamos respuestas que se encaminan hacia soluciones correctas pero, con frecuencia, insuficientes. Y nuestros oyentes suelen notarlo. Por ejemplo, cuando respondemos sólo que Dios no causa sino que permite el mal. Pero, quien permite un mal que podría impedir, ¿no sería también culpable de él? Nuestra siguiente respuesta suele ser: “Dios lo permite para respetar nuestra libertad”. A lo que nuestro interlocutor suele contraargumentar -o, al menos, pensar- que la libertad que se estaría respetando sería la del victimario, pero no la de la víctima… Finalmente, cuando no nos quedan respuestas, solemos refugiarnos demasiado pronto en la idea de misterio (Ver recuadro ¡Misterio, pero no absurdo!).

¿El mal no es tan malo?
¿Cómo acostumbramos consolar a alguien que ha padecido un gran mal, cuando aspiramos a brindarle una perspectiva edificante o trascendente en medio del sufrimiento? Tendemos a decirle cosas como: “por algo habrá sido”; “Dios así lo quiso”; “no hay mal que por bien no venga”; “Dios sabe lo que hace”; “Dios te lo envió por un bien mayor”, etcétera. Esta mentalidad se ha identificado en nuestra vida con la perspectiva religiosa sobre el mal. Véase, por ejemplo, que la mayoría de las “cadenas de mails” pretendidamente religiosos que circulan por Internet suele tener esta temática: “en tu vida tuviste tales dificultades –una desgracia familiar, un fracaso, una decepción- pero, si las vieras desde Dios, descubrirías que no lo eran tanto, sino etapas del plan de un Dios amoroso que te guía y te va educando de esta forma. Cada golpe estaba cuidadosamente calculado por Dios para tu crecimiento personal”.
Es muy utilizado el “ejemplo del tapiz”. En nuestra vida alcanzaríamos a ver sólo el reverso del tapiz: un conjunto de nudos mal distribuidos y sin belleza. Si lo diéramos vuelta, descubriríamos un maravilloso orden que se nutría del aparente desorden y de la aparente fealdad que lo sustentaba. Así sucedería con nosotros: padecemos todo tipo de males, pero sólo lo son en apariencia, porque están integrados al plan pedagógico divino.
¡No! Es muy importante resistirse a una gran influencia cultural y poner en claro que ésta no es la postura religiosa tradicional, ni tampoco la postura del Cristianismo en particular.
Si tuviéramos que identificar esta perspectiva con un autor importante entre quienes la han mantenido, podríamos referirnos al gran filósofo Gottfried Leibniz, quien escribió la famosa Teodicea o “justificación de Dios” a comienzos del siglo XVIII. Leibniz recogía una mentalidad que se había difundido por Europa desde el siglo XVII. Podríamos resumirla en la frase del poeta inglés Alexander Pope: “Whatever is, is right”. Todo lo que sucede, está bien, porque responde al plan de Dios.
Este “optimismo” no es la única respuesta al tema que gravita sobre nuestra vida cotidiana en la actualidad. También hallamos la postura opuesta, que se alimenta de ésta. Ante los dolorosos sucesos recientes, el músico popular León Gieco preguntaba: “¿Dónde está Dios en una tragedia como la de Tartagal?”. Gieco repetía el principal argumento del ateísmo y del deísmo: es inadmisible aceptar que Dios se valga de los males para cumplir con sus fines, motivo por el cual debe deducirse que, si hay mal en el mundo, es porque Dios no existe o no interviene de ninguna forma.
La primera ruptura de la visión de “optimismo religioso” se dio en Europa en 1755, cuando la ciudad de Lisboa fue destruida por un imponente terremoto, que fue seguido por hechos de barbarie humana que escandalizaron a la sociedad de la época. ¿Cómo podía decirse que hechos tan espantosos fueran la consecuencia de la voluntad de Dios? Si esto fuera así, Dios no sería bueno, sino que sería un sádico que se divierte jugando con sus víctimas. El corrosivo pensador Voltaire (seudónimo de François Marie Arouet) criticó con amargura la postura optimista -que él mismo había seguido- y sus pretendidos consejos con una frase que debería interpelarnos: “No queráis consolarme, pues agriáis mis dolores. Sólo veo en vosotros el esfuerzo impotente de un desgraciado altivo que finge estar contento”. Quiera Dios que nunca nos hagamos merecedores de palabras como éstas…
El terremoto de Lisboa dividió y radicalizó las opiniones. Por una parte, quedaban los “religiosos” que se resignaban a aceptar la voluntad de Dios, aunque ésta incluyera males. Por otro lado, los ateos y los deístas, quienes pensaban que, aunque Dios existiera, no tenía participación alguna en nuestra vida. Era difícil hallar un término medio entre ambas posiciones. Es frecuente que también empujemos a nuestros hijos y alumnos a tener que optar entre estas alternativas, obligándolos a elegir entre ser buenos, religiosos, pasivos y resignados, o rebeldes, luchadores y ateos o deístas.
En el siglo XX, con su “paroxismo del mal” representado por los horrores de la Segunda Guerra Mundial y por los crímenes del nazismo y del comunismo, las cuestiones así planteadas son puestas a prueba nuevamente. “¿Qué Dios pudo permitir esto?”, pregunta amargamente el filósofo Hans Jonas en Dios después de Auschwitz. El Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, relató que el día de su llegada como prisionero a un campo de concentración, a los 12 años de edad y luego de acercarse por curiosidad a una fosa desde donde brotaba humo, vio “las caritas de los chicos convertirse en volutas bajo un mudo azur”, experiencia que “asesinó a su Dios y a su alma”.
¿Existe algún camino esperanzador distinto de los planteados por estas dos alternativas? Si lo hubiera, sería una de las cuestiones más importantes a tener en cuenta por todo educador. Con el objetivo de aportar algunos elementos para esta reflexión, recordaremos algunas pocas ideas orientadoras de la tradición filosófica y teológica judeo-cristiana anterior a esta gran dicotomía.         

El mal es privación
Esta tradición de pensamiento consideró el problema del mal en toda su gravedad. No buscó respuestas “facilistas”.
Probablemente, la debilidad de los planteos modernos descriptos, todavía tan difundidos en la actualidad, radica en una aproximación superficial al tema del mal, de su terribilidad y de la necesidad de combatirlo. Así como la teodicea leibniziana olvida la gravedad del mal al convertirlo en un momento del plan de Dios, el ateísmo hace algo similar al convertir al mal en la ley de la vida contra la que no se puede luchar. Si no hay Dios y no hay parámetros para lo bueno y lo malo, el mal es un hecho bruto de nuestra misma existencia y no el fruto de una elección libre. Así como el optimismo superficial no puede responder a la pregunta Si Deus est, unde malum? (si Dios existe, ¿de dónde viene el mal?), el ateísmo, siempre pesimista, no puede responder tampoco a Si Deus non est, unde bonum? (si Dios no existe, ¿de dónde viene el bien?).
Por este motivo, sólo una profunda y valiente mirada sobre el mal puede ayudar a enfrentar estos problemas (Ver recuadro Una mirada valiente).
El principio fundamental acerca del mal sostenido por la tradición a la que aludimos consiste en que el mal es privación, herida, falta. No es una cosa o un ser, sino la ausencia, en un ser determinado, de un bien que le compete por naturaleza. Podemos definirlo como la ausencia de un bien debido. Nótese que, si se habla de algo “debido”, debe haber un orden o parámetro respecto del cual se lo considere, de tal forma que tiene que haber un orden natural pensado por Dios. Desde esta perspectiva, por tanto, sólo puede hablarse de mal si hay Dios.
Dispuestos a profundizar en este mal que es privación, cabe decir en primer lugar que existen distintas clases de mal. No es lo mismo una enfermedad grave que un asesinato. En el primer caso, el del llamado “mal físico”, no hay participación de la libertad humana, sino que se trata de males que nos llegan como “impuestos” más allá de nuestra conducta, como fruto de nuestra materialidad. En el segundo caso, en cambio, el del mal moral, se trata del resultado de actos libres. Siempre se ha considerado a los males de esta segunda categoría como los más graves e inadmisibles en absoluto (Ver recuadro Las clases de mal).

Con Dios contra el mal
¿Cómo puede haber mal moral, entonces? ¿Cómo puede darse el mal en un mundo creado y gobernado por un Dios bueno y omnipotente? ¿Cómo puede el hombre, que no es creador, hacer algo malo solo y sin la ayuda de Dios?
Una de las claves para reflexionar acerca de estas cuestiones consiste en ser fieles a la premisa de que el mal no es un ser, sino su falta. De hecho, por este motivo, los pensadores medievales afirmaban que el mal no tenía causa eficiente sino causa deficiente. En efecto, es distinto preguntarse por la causa de que algo esté que por la causa de que algo no esté. Esta última causa no es un acto, sino la falta de él. Si me pregunto por la causa de que una torta haya salido amarga, esta causa no será un acto, sino la falta de él: el no haberle puesto azúcar.
De esta forma, la causa del mal moral es deficiente, es un “no”, es un no haber aceptado lo que era real, natural, lo que Dios nos había movido a realizar.
¿Cómo es que el hombre puede causar algo sin la ayuda de Dios? No puede hacer algo bueno sin su ayuda o causa primera (por eso decimos que el hombre siempre es causa segunda en el bien), pero sí puede hacer algo malo como causa primera porque, en rigor, para hacerlo debe “no hacer”. El filósofo Jacques Maritain parafrasea la sentencia evangélica “Sin Mí nada podéis hacer” para expresar esta idea: “Sin Mí podéis hacer la nada”. Hacer el mal consiste en introducir una cierta nada en el mundo, una herida de no-ser.
Dios, por lo tanto, no está implicado en la causa del mal ni introduce el mal en sus planes. Dios sólo nos ha movido al bien y en su plan originario (podríamos llamarlo “plan A”) no se incluía la presencia de este mal que no debería haberse dado.
Más allá de las fórmulas más abstractas, se trata de una experiencia de los hombres de todas las épocas: todos los grandes santos, héroes, artistas, pioneros, se han sentido llamados a cumplir una misión, han vivido su experiencia como una inspiración (en otras palabras, se han visto como “causas segundas en el bien”). Por otra parte, todos los que han hecho el mal en sus formas más graves, han fantaseado con ser “causas primeras”, con ser como “dioses”. La esencia del pecado, en todas las culturas, consiste en esto: en querer ser como Dios, causa primera, y esto sólo puede lograrse deficientemente, haciendo el mal.
En una de sus novelas, el escritor inglés C. S. Lewis decía, a través de uno de sus personajes: “en el fondo, hay dos clases de hombres: aquellos que dicen a Dios ‘hágase tu voluntad’ y aquellos a quienes Dios dice ‘hágase tu voluntad’”.
Ahora bien, una vez que ha tenido lugar lo que nunca debería haber acontecido (el mal en el mundo), Dios -que de ninguna forma quería que sucediera-, no deja que este mal tenga la última palabra. Dios tiene un “plan B”, llamado Providencia.
Nos encontramos ahora en medio de ese devenir dramático. Por eso es que el Cristianismo no es una visión estática del mundo sino histórica: estamos llamados al compromiso de luchar contra el mal: cum Deo contra malum (con Dios contra el mal). San Agustín describe este devenir en La ciudad de Dios, hablando de “las dos ciudades” que, como “el trigo y la cizaña” de la parábola evangélica, combaten entremezcladas hasta el fin de los tiempos.
Podría decirse que Dios “lucha contra el mal” de tres maneras: ordenando absolutamente todo al bien con su voluntad originaria; impidiendo ciertos males particulares por una intervención extraordinaria (todos hemos vivido situaciones en las que experimentamos esta intervención especial de Dios, que vivimos como gratuita porque no sería injusto si no interviniera, ya que se trata de una protección que no nos es debida por naturaleza); velando por el que sufre y ordenando todo mal acaecido a un bien posterior. A nivel sobrenatural, que supone la Fe, el misterio de Cristo y de su Redención es la respuesta más profunda y plena al misterio del mal.
En este “plan B”, entonces, Dios no permite el triunfo del mal sino que de él siempre saca un bien, bien que no necesariamente vemos. ¿Por qué, sin embargo, no podríamos consolar a alguien diciendo que “no hay mal que por bien no venga” o que “Dios sabe por qué lo hizo”? Porque, en primer lugar, Dios absolutamente no quiere el mal, ni siquiera como medio para un bien. Sólo supuesto que haya acaecido un mal que no quiso, no permite su victoria final y saca un bien de él. Pero se trata de un bien al que hubiera sido mejor llegar por otros medios. El mal es mal para toda la eternidad. Dios lo perdona y lo redime, pero no lo borra como diciendo “aquí no ha pasado nada”. Por eso, más allá de que sepamos que finalmente llegará el Reino de los Cielos, éste puede llegar de muy distintas maneras, con mayores o menores pérdidas de por medio. El Cristianismo, por lo tanto, invita a la acción y a la lucha contra el mal.
Es frecuente decir que alguien comienza a superar un grave mal que ha padecido cuando deja de preguntarse, en relación a Dios, por qué y empieza a preguntarse para qué. El por qué se refiere a la causa eficiente del mal, y Dios no está implicado de ninguna forma en ella. El para qué, en cambio, se refiere a la causa final. Dios no permite, como decíamos, el éxito del mal. Todo consuelo humano, entonces, implica acompañar con mucha cercanía al sufriente, comprender la terribilidad del mal, transmitir que hay un Dios que de ninguna forma lo quiso, que dispuso todo para que no ocurriera y, finalmente, que no abandona al que sufre sino que lo dirige hacia un bien que supera ese mal -aunque no anula lo padecido-. El filósofo Robert Spaemann relata que, al visitar Lourdes, había quedado más impresionado por la actitud que adoptaban quienes no habían sido curados que por las curaciones milagrosas que había presenciado. Según Spaemann, quienes continuaban sufriendo comprendían que, si no habían sido curados, sus padecimientos se orientaban hacia un bien, tenían un “para qué”. “Y el sentido consuela”, concluye.
Es muy importante que el tema del mal recupere su auténtico lugar en la educación. Un lugar en el que no lo convirtamos ni en banal ni en trágico. Sí, en cambio, que nos permita afrontar el drama de nuestra existencia con auténtica comprensión por el sufrimiento, comprometidos en una lucha asumida con  profunda esperanza.

Recuadro 1. ¡Misterio, pero no absurdo!
Cuando no nos quedan respuestas, solemos apelar al expediente de decir que no podemos razonar más sobre el mal en el mundo, porque el tema es un misterio. Inclusive, esta salida suele incluir un velado reproche a quien se haya aventurado más allá en sus reflexiones, al invitarlo a callar y a no tener la presunción de querer entender lo que es ininteligible. Este último recurso, también utilizado a veces en la enseñanza religiosa, es realmente perjudicial, porque supone el error de identificar el misterio -lo que no es contradictorio pero excede el alcance de nuestra razón- con el absurdo -lo que en sí mismo es contradictorio o irracional-. Para nuestra tradición cultural, el tema del mal no es contradictorio aunque, por supuesto, es misterioso.
El teólogo Charles Journet dedica su libro clásico sobre el mal “a los que saben odiar el absurdo y adorar el misterio”. En efecto, una actitud conduce a la otra. Si amamos el misterio debemos, por fuerza, combatir el absurdo, reflexionar con nuestra razón sobre el tema. Esta reflexión suele ser olvidada en la educación.

Recuadro 2. Una mirada valiente
Según el teólogo Charles Journet, en esta vida sólo quien desciende a los abismos del mal puede ascender a las alturas de Dios, así como únicamente quien asciende a las alturas de Dios está preparado para descender a los abismos del mal sin banalizarlo o justificarlo.
Podemos vivir buena parte de nuestra vida con una idea de Dios superficial, pero cuando el mal golpea a nuestra puerta y nos muestra su horrible rostro, estamos obligados a profundizar. Todos sabemos por experiencia que descubrimos una singular madurez en nuestros alumnos o en nuestros hijos que han sufrido por distintas circunstancias. La cultura posmoderna, con su intento de ocultar o negar el mal y el sufrimiento, en lugar de enfrentarlos, bloquea la vía de acceso preferencial a una vida significativa y profunda. El gran filósofo Max Scheler afirmaba que “el mal nos libra de la frivolidad metafísica”.
  
Recuadro 3. Las clases de mal
Se ha llamado mal físico al mal que no es libre. ¿Por qué debe haber mal físico? Porque somos seres materiales, corruptibles. En la misma naturaleza de los seres materiales está implicada una cierta fragilidad existencial o contingencia. ¿Podría Dios haber eximido de este mal a los seres que creó? Podría haberlo hecho por intervención sobrenatural, pero este resguardo no sería debido a la naturaleza de los seres materiales. ¿Es injusto que Dios haya creado seres expuestos al sufrimiento y a la muerte? No, si entendemos que la justicia consiste en “dar a cada uno lo que corresponde”. Conforme a la Revelación judeo-cristiana, Dios de hecho exceptuó al hombre del sufrimiento -excepción que el hombre perdió por el pecado original-, pero no habría sido injusto si no lo hubiera hecho. Puede decirse que Dios no quiere el mal físico, pero que lo “acepta” como parte del mundo material. En el mismo planteo del problema de la muerte del hombre –tema de importancia fundamental que será tratado en otro número de Creciendo en familia- está el comienzo de su respuesta: la muerte es un verdadero drama para el hombre precisamente porque éste no es sólo material…
El otro tipo de mal, fruto de la libertad, es llamado mal moral. No debería haber existido y podría no haber existido. Más aún, lo más razonable y esperable habría sido que no se hubiera dado. Éste es el fondo de la doctrina del pecado original, doctrina compartida por las grandes religiones monoteístas y, en alguna medida, por todos los filósofos que han entendido al mundo como creado por Dios, ordenado y bueno. El pecado original, el primer mal moral introducido en el mundo, es un gran cataclismo histórico. Una locura humana, gratuita, a la que nada inclinaba.
Este mal moral tiene dos caras: la cara activa de quien lo realiza (llamada mal de culpa) y la pasiva de quien lo sufre (llamada mal de pena). Toda persona que realiza un mal de culpa sufre también un mal de pena. Pero lo más difícil de entender es el misterio de la iniquidad: el de los inocentes que reciben un mal de pena injustamente.
En comparación con este último, el sufrimiento del puro mal físico, aunque terrible en sí mismo, no es tan angustiante como el del mal de pena. Una persona con una enfermedad muy grave puede enfrentarla con paciencia y hasta con alegría. La amargura en esos casos suele provenir de rencores, culpas y resentimientos propios de mal moral y no del puro mal físico. Téngase en cuenta, además, que el mal de pena acrecienta el mal físico. En este mundo hay más mal físico que el que debería haber (producido por actos libres de los hombres, como por ejemplo los desastres ecológicos o las enfermedades resultantes de una vida desordenada). Esta relación entre el mal físico y el de pena se da en ambas direcciones: el mal físico puede aliviar el mal de pena. Este es el fundamento de que una persona pueda sufrir o sacrificarse por otra, cuestión tan importante en el Cristianismo.
La humanidad en general no considera al mal físico como mal en sentido absoluto. Según el criterio más extendido, puede provocarse un mal físico para evitar otro mayor. Por ejemplo, un dentista o un cirujano pueden provocarlo en el caso de que sea proporcionado al fin buscado. En otras palabras, el mal físico puede entrar en un plan que tienda hacia el bien.
“El fin no justifica los medios”, por lo tanto, es una máxima que se refiere al mal moral y no al mal físico. Nunca, bajo ninguna circunstancia, puede hacerse un mal moral, ni siquiera buscando un bien posterior. El mal moral es el mal en sentido absoluto. Dios no puede quererlo ni directa ni indirectamente y no debería haber existido. La gran pregunta sobre el mal, entonces, se refiere al mal moral.


martes, 25 de octubre de 2016

EL ESTADO ISLÁMICO Y LOS CRISTIANOS PERSEGUIDOS CLASES ABIERTAS EN UCA

Daré dos charlas más en la Universidad Católica Argentina:
El lunes 31 de octubre a las 17 30 hs. en el aula 307 Edificio Santo Tomás Moro. UCA. Alicia Moro de Justo 1400
El miércoles 2 de noviembre a las 18 30 hs. en el aula 260 Edificio San Alberto Magno. UCA. Alicia Moro de Justo 1500.
Entrada libre y gratuita



Misil en Alepo

Los rebeldes sirios dispararon el sábado 22 de octubre de 2016 este misil que cayó en el jardín del convento carmelita, vecino al de las Hermanas de la familia del Verbo Encarnado donde vivía la He rmana Guadalupe en la ciudad de Alepo. No estalló!! Demos gracias a Dios. En la foto la Madre superiora de las carmelitas.

Ser Nazareno



domingo, 16 de octubre de 2016

PADRE LUIS MONTES DESDE BAGDAD: LOS 5 PILARES DE LA ESPIRITUALIDAD DE LOS NAZARENOS

Para los que quieran sumarse a rezar y vivir unidos a nuestros mártires cristianos del siglo XXI LOS 5 PILARES DE ESTE MOVIMIENTO DE ESPIRITUALIDAD Y ORACIÓN 
Para inscribirse: soynazareno1@gmail.com
TESTIMONIO, ANONADAMIENTO, ALEGRÍA, MARTIRIO Y CARIDAD. El Padre LUIS Montes IVE,  misionero argentino en Irak, hablando desde Bagdad.



jueves, 13 de octubre de 2016

CLASES ABIERTAS EN UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA EL ESTADO ISLÁMICO Y LOS CRISTIANOS PERSEGUIDOS


Las charlas que daré son abiertas y gratuitas.

MIÉRCOLES 19 DE OCTUBRE  11 30 hs. Aula 305. Edificio San Alberto Magno. Alicia Moro de Justo 1500. 

VIERNES 21 DE OCTUBRE 11 hs. Aula 352. Edificio Santo Tomás Moro. Alicia Moro de Justo 1400.

LUNES 31 DE OCTUBRE 17 30 hs. Aula 361 (a confirmar). Edificio Santo Tomás Moro. Alicia Moro de Justo 1400.

MIÉRCOLES 2 DE NOVIEMBRE 18 30 Aula 260 Edificio San Alberto Magno.  Alicia Moro de Justo 1500.



ENCUENTRO DE NAZARENOS


12 de Octubre

Más allá de mis profundas diferencias políticas con el ex presidente no puedo dejar de valorar este discurso:

Discurso del presidente Juan Domingo Perón en la Academia Argentina de Letras

El 12 de octubre de 1947, el entonces presidente pronunció un discurso en el cual exaltó la obra de España en América, denunció la “leyenda negra” sobre la Conquista y reivindicó “el Día de la Raza, instituido porHipólito Yrigoyen”
No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.
No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza.
Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.
Espíritu contra utilitarismo
Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.
En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.
Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.
Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos.
Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza.
Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.
Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.
En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.
Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.
Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.
Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.
Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.
Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios“. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano
Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.
Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.
Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.
Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.
Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.
España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.
Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.
Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.
España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.
Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.
Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”.
Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad.
Señores:
La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.
Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.
El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944 que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.
Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.
De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.
Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.
Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.
Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.
Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.
Juan Domingo Perón

12 de octubre conmemoración del descubrimiento de América

¡¡¡FELIZ 12 DE OCTUBRE !!!
El 4 de octubre de 1917, EL PRESIDENTE ARGENTINO HIPÓLITO IRIGOYEN declaró festivo el 12 de Octubre en su país mediante el Decreto 7.112, cuyo contenido es uno de los mayores elogios a la obra de España:
Visto el memorial presentado por la Asociación Patriótica Española, a la que se han adherido todas las demás sociedades españolas y diversas instituciones argentinas, científicas y literarias, solicitando sea declarado feriado el día 12 de Octubre y
Considerando:
1º. Que el descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores se derivan de este asombroso suceso que a la par que amplió los lindes de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.
2º. Que se debió al genio hispano -al identificarse con la visión sublime del genio de Colón-, efemérides tan portentosa, cuya obra no quedó circunscripta al prodigio del descubrimiento, sino que la consolidó con la conquista, empresa ésta tan ardua y ciclópea que no tiene términos posibles de comparación en los anales de todos los pueblos.
3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones americanas.
Y por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de esta fecha en homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento, el Poder Ejecutivo de la Nación decreta:
Artículo 1º: Declárase Fiesta Nacional el 12 de Octubre.